Primera parte

     

No es fácil determinar cuando aparecen los primeros recuerdos que uno tiene acerca de un sentimiento que luego se ve plasmado en hechos, vivencias, lecturas y contactos con lo que esta entidad futbolística representa.

Además, resulta paradójico referir que mi padre nos comentaba sus simpatías por el Athletic Club de Bilbao y mi hermano Luis Miguel ha sido siempre un seguidor de dicho club, por lo que, pese al pasado madridista de mi padre como jugador profesional del mismo, no recuerdo que yo tuviera conciencia de este hecho hasta muy entrada mi edad de discernimiento y muy profundo ya mi madridismo.



Pero basta observar algunas de las imágenes de los años infantiles para comprobar que mi vocación blanca estaba fuera de toda duda y en el ámbito familiar aparezco junto a mi primo Manolo Iniesta, gran madridista también, y mi hermano Luis Miguel en unas instantáneas que no admiten dudas. Incluso, en uno de los primeros equipos escolares con los trinitarios, en los que no disponíamos de equipación y utilizábamos las camisetas interiores de felpa, yo le añadía el escudo como prueba irrefutable de mi condición.



Uno de mis primeros vínculos a este Club debió tener lugar allá por junio de 1961, cuando yo contaba con siete años de edad y en compañía de mi padre y de mi hermano, junto con Juan Garrido, padre e hijo, nos desplazamos en tren hasta Madrid para presenciar el partido amistoso en homenaje a Juanito Alonso en el Estadio Santiago Bernabéu que enfrentó al Real Madrid con el River Plate argentino. El resultado de 2 – 3 favorable a los visitantes, cuya indumentaria blanca con franja roja obligó al R. Madrid a vestir de morado, aún perdura. La parada del guardameta argentino Amadeo Carrizo, a una sola mano, a tiro de Puskas, quedó en el imaginario mítico de nuestros recuerdos infantiles. El resto lo he tenido que consultar en internet pues mi memoria no da para tanto.



Ciertamente aquel día, ya nebuloso, visitamos por vez primera el campo, con sus potentes focos que lo iluminaban como si fuera de día, sus gradas repletas y su ambiente especial. El Real Madrid alineó a Alonso (Domínguez); Miche, Santamaría, Casado; Vidal (Ruíz), Pachín; Mateos, Del Sol (Félix Ruíz), Di Stefano, Puskas y Gento. Era la primera vez que podíamos contemplar en vivo y directo a los componentes de un equipo que había ganado cinco Copas de Europa y que ya era toda una leyenda. Además, salvo a Gento, ya no volví a ver a ninguno de ellos sobre el césped, aunque los continuara viendo por televisión.

Un detalle que nos pasó desapercibido entonces fue que con los argentinos jugó Pepillo, cedido por el R. Madrid para foguearlo, teniendo en cuenta que era el candidato a suceder nada menos que a Di Stefano. Leyendo ahora la alineación, me resultaron conocidos nombres como los de Lombardo, Pederzoli, Artime y Onega, algunos de ellos internacionales con su país.

Desde ese primer contacto directo con el Real Madrid en su estadio, los demás recuerdos van asociados a mi tío materno, Raúl Carreño, quien como gran aficionado madridista y apasionado seguidor de las quinielas fue inculcándome ese sentimiento hacia los colores blancos que cada cual interioriza a su manera.

Fueron numerosas las tardes de los domingos que subíamos a su domicilio en los pisos que había sobre lo que entonces era la esquina del Bar Alcázar que daba a la calle del General Fernández Urrutia, para ir a visitarlo y, de paso, escuchar junto a él aquellos carruseles radiofónicos de continuas conexiones con los campos cuando se producía un gol o una incidencia digna de ser comentada para los radioyentes y señalizada mediante unos pitidos de alarma que se han convertido en todo un reflejo condicionado en las retransmisiones futbolísticas. Mi tío Raúl no solo lo seguía con interés por la marcha del Real Madrid, sino por comprobar si sus apuestas quinielísticas le proporcionaban los catorce aciertos o, como mal menor, los trece o doce. El pobre murió sin haber conseguido nada suculento, conformándose con algunos de 12 ciertos y un escaso botín.

Pero en todas esas veladas a través de las ondas dejaba traslucir su madridismo y su inclinación hacia sus jugadores con peculiar admiración, que además se veía contrastada con la rivalidad con su mujer, la tía Picy, que se hacía pasar por atlética, creo que más por llevarle la contraria y poner un punto de discrepancia, dado su carácter bondadoso en extremo, que por otras razones deportivas.

Mis tíos vivían entonces en Alcázar, pero no tardaron en trasladarse a Madrid, a la calle Lope de Rueda nº 40, en pleno barrio de Salamanca, donde los padres de ella tenían un piso en alquiler que les permitió compartir cuando fueron haciéndose mayores y cuando a mi tío le surgió un trabajo como administrativo en la empresa Dragados y Construcciones.



Esa estancia de mi tío Raúl en Madrid le permitió la posibilidad de llevarme a ver un nuevo partido del Real en su campo. Fue en el año 1968, cuando yo contaba catorce de edad, en un encuentro que jugó frente al C.D. Málaga y que terminó con victoria madridista por 3 – 0. El Real Madrid alineó a Junquera; Calpe, Zunzunegui, Miera; Pirri, Zoco; Miguel Pérez, Amancio, Grosso, Velázquez y Bueno. Marcaron los goles Grosso, M. Pérez y Amancio y arbitró el colegiado Zariquiegui. El entrenador del Real era Miguel Muñoz y el del Málaga Otto Bumbel, que contaba con jugadores como Ben Barek, Wanderley, Migueli y Pons, entre otros.

Pero entre uno y otro de mis dos míticos partidos presenciales en el estadio Bernabéu, mi afición y mi apasionado seguimiento se fue alimentando de dos fuentes categóricas: la televisión y la prensa.

De la televisión puedo decir que llegó a nuestra casa a mediados de los años sesenta del pasado siglo XX, sin poder precisar la fecha. El receptor era un INTER en blanco y negro enchufado a la red mediante un amperímetro que hacía de puente para detectar las subidas de tensión o llamando a Vaquero, un pionero de la tecnología televisiva de entonces en Alcázar. Los primeros partidos que recuerdo ver en casa eran los de la Copa de Europa de un Real Madrid que ya la había ganado cinco veces pero al que le costó ganar la sexta.

Tengo imágenes de equipos como el Standard de Lieja, Vasas de Budapest, Limasol de Chipre y algunos otros que solían salir goleados del Bernabéu. Pero también guardo el recuerdo de la tensión mantenida frente a equipos como el Inter o Milan en San Siro y, especialmente la goleada que nos endosó el Benfica de Lisboa por 5 – 1 en marzo de 1965 en la que especialmente Eusebio Da Silva se convirtió en una pesadilla y al que desde entonces le profesé un temor como rival que se fue transformando en respeto y admiración cuando se retiró y convirtió en leyenda. En 2005 me hice una foto ante su estatua en las inmediaciones del nuevo estadio Da Luz de Lisboa.



En esa etapa, el seguimiento directo de los partidos solo se podía hacer si le correspondía ser televisado en el espacio que TVE, la única cadena, concedía los domingos por la tarde para retransmisión de la Liga de 1ª División. Eso nos permitió conocer mejor al resto de equipos dentro de una rutina dominical que solía comenzar por la tarde cuando íbamos al cine o al fútbol local cuando tocaba en casa y luego al atardecer veíamos por TV el partido que daban. Pero al Real Madrid lo seguíamos en la Copa de Europa porque era raro el año que no participó. Así que los miércoles no faltábamos a la cita.

El apogeo de este periodo llegó con el triunfo en la final de 1966 cuando conquistó la Sexta Copa de Europa con los jugadores llamados “yeyés”, cuya alineación era de las que se graban a fuego en la memoria: Betancort; Calpe, De Felipe, Sanchis; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento. El rival fue el Partizán de Belgrado que perdió 2- 1 con goles de Serena y Amancio en partido jugado en el Estadio Heysel de Bruselas. Aún recuerdo dar saltos de alegría en el comedor de casa celebrando la victoria y luego con amigos y vecinos como Paco Maciá.

El 11 de febrero de 1968 fuimos a Madrid en tren con mi padre para presenciar el partido Real Madrid 0 – 0 Athletic Club de Bilbao. En tarde lluviosa y desde un fondo lateral vimos un encuentro muy disputado y entretenido pese a la ausencia de goles. En un lance, Iríbar, el portero del Athletic, pudo cometer penalti al rodear las piernas de Amancio, según aparecen en una foto que se hizo legendaria y aún se repite en diversos relatos históricos. A nosotros nos pilló en el lado opuesto y no pudimos ver nada hasta que no leímos los periódicos del día siguiente. El partido lo arbitró Lloris Antonino y los equipos alinearon a los siguientes jugadores: Real Madrid: Junquera; Calpe Zunzunegui, Sanchis; Pirri, Zoco; Amancio, De Diego, Grosso, Velázquez y Gento. El entrenador era Miguel Muñoz. Athletic Club: Iríbar; Zugazaga, Echeberría, Aranguren; Estéfano, Larrauri; Aguirre, Argoitia, Ormaza, Uriarte y Lavín. El entrenador era “Piru” Gaínza.



Otro de los medios de seguimiento de mi madridismo por entonces era el programa televisivo de resúmenes de la jornada futbolística dominguera que se emitía los lunes al finalizar la tarde en un espacio llamado “Ayer domingo”, que estuvo en antena entre 1965 y 1972 hasta la llegada de “Estudio Estadio” que comenzó en 1973 y se mantiene en la actualidad tras diversos cambios de estructura y contenidos. Entonces había que esperar para montar los resúmenes de los partidos hasta el día siguiente a su celebración e incluso algunos montajes no se hacían a tiempo. Yo tenía pasión por ver estos resúmenes y recuerdo que, cuando mis compañeros de clase me querían hacer rabiar me amenazaban con retenerme para que no pudiera ver los goles.

De los locutores de aquella etapa recuerdo principalmente a Matías Prats y a Miguel Ors, ya fallecidos, y también a Pedro Ruíz, que fue el introductor de la moviola, un dispositivo tecnológico mediante el cual se rebobinaban las imágenes para analizar los posibles errores arbitrales y con ello aumentar aún más las polémicas entre la afición, como si no fueran ya lo suficiente.

En aquellos años se consolidó en mi la acendrada rivalidad con el F.C. Barcelona, cuyos partidos eran de especial interés y tensión, pese a no entender el contexto sociopolítico que los rodeaba. En general, los recuerdo con pocos goles, lo que les daba más emoción hasta el final y con algunos futbolistas que se convirtieron en auténticos mitos por su calidad pese a ser rivales, como fue el caso de Benitez, que anuló a Gento en sus últimos años o también algunos catalanes que fueron toda una referencia para su equipo tales como Sadurní, Rifé, Fusté o Rexach, por citar los que me vienen al recuerdo con más facilidad. Con estos partidos cerré una etapa de seguimiento televisivo y juvenil.

Pero si hubo un acontecimiento extradeportivo que marcó todo un hito en mi madridismo, este se produjo en 1973 con motivo de la presencia de Don Santiago Bernabéu en Manzanares.



Gracias a la influencia de mi tío Pepe “Jolopca”, que se encargó de facilitarnos la velada, pudimos asistir a la misma con mi padre, mi tío Frutos, con su hijo homónimo y también con mi primo Pepe, que es quien está al otro lado de Don Santiago en la foto ilustrativa. Bernabéu murió en junio de 1978, por lo que estaba a cinco años de su fallecimiento y se notaba ya su deterioro físico, la torpeza en sus movimientos y hasta la falta de equilibrio para mantenerse erguido, como también se aprecia por su inclinación en la referida imagen. Pese a ello, tuvimos la ocasión de conocer en persona al mayor mito blanco y, sin duda, el más carismático de cuantos han ido pasando por la presidencia del Club.

También pudimos saludar a su entonces esposa, Dª María Valenciano, mujer simpática de trato que me firmó en una tarjeta editada para la efeméride por el Hotel Saga donde se celebró la velada.



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