Vía verde de La Jara

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      Amaneció un día espléndido para acometer una de las rutas más acariciadas últimamente por “El loco y sus amigos” que deseábamos surcar los lugares cercanos al ferrocarril no nato que diseñara Primo de Rivera y que jamás se llegó a completar.

      Pero ya desde la llegada a Calera y Chozas y a su solitaria y desvencijada estación, el ambiente aventurero se percibía en el trazado. Flanqueados por carteles de fondo oscuro indicando el 10 como límite de velocidad, la vía verde comienza su recorrido. Ya desde el inicio se aprecian el tosco asfalto que lo recubre, la estrecha dimensión de su anchura y el constante encajonamiento que le procuran ya los finos cañaverales, ya las rocas graníticas o las oscuras pizarras que se desmoronan por momentos.

      Una de sus singularidades es permitir que ningún vehículo motorizado tenga a mano el acceso a la vía. Para ello hay anclados en los cruces con otros caminos unos postes recios de traviesas en vertical que lo impiden. Otras veces son grandes bloques de piedra colocados estratégicamente los que cumplen dicha función. Y a medida que se avanza van llegando los verdaderos alicientes de esta ruta que le confieren una singular belleza y atractivo. Los múltiples túneles de diferente dimensión, casi todos escasamente iluminados y gracias al momento especialmente húmedo en el que los transitamos, rezumantes de agua tanto en sus vaguadas laterales como en un incesante goteo por sus paredes y techos. En uno de los últimos recibimos una auténtica ducha suave y continua que nos dejó embadurnados de un fino polvillo negruzco de pizarra molida.

      Los viaductos, auténticas obras maestras de la ingeniería civil de comienzos pasado siglo, otorgan una majestuosa visión del recorrido que se hace especialmente notable si nos apartamos para observarlo desde los laterales. A todo esto, el creciente aumento de la vegetación propiciada por las recientes lluvias, otorgan unas panorámicas impactantes, renovadas y atractivas para el deleite de la vista además de aromáticas por la fuerza de los arbustos, especialmente por la abundante jara que, aún sin estar en flor, desprende ese aroma intenso, como de celebración eclesial.

      En Aldeanueva de Barbarroya hicimos una primera parada para reunirnos con nuestras compañeras de aventura que hacían labores de apoyo desde un coche y portaban los víveres necesarios para el avituallamiento. Por vez primera entramos en contacto con productos derivados de la caza, tan abundante por estos lares. Lástima de ruidos producidos por los motores de unas motos pilotadas por unos jovenzuelos inconscientes de los valores que suponen la tranquilidad y el silencio en estos espacios a los que la mala globalización sólo aporta bienestar virtual y consumismo energético innecesario. La Vía se va haciendo algo más áspera a medida que la sierra nos envuelve y las aguas de la presa de Azután y de los ríos se van alejando en meandros sucesivos. Nos detenemos a comer en El Campillo, una de las estaciones fantasmas que jalonan la ruta. Es preciso apartarse varios kilómetros y subir una cuesta extenuante que diezma al grupo de ciclistas en su búsqueda del descanso reparador de fuerzas. El bar El Molino está tomado por lugareños que juegan a las cartas, discuten y vocean en un ambiente que se repite miméticamente en miles de lugares de la España profunda y rural. Poco a poco los cazadores van aparcando sus enormes todoterreno y haciéndose hueco en la barra para saciar los apetitos despertados en la mañana cinegética. Todos ellos componen una estampa pintoresca mezcla de uniformes paramilitares, verdes fascistoides o camuflajes imprecisos que resultan excesivos para el objetivo concreto de arrasar con la venatoria que les circunda.

      Nos miran recelosos mientras nos dirigimos a montar de nuevo nuestras bicicletas como si fueramos ejemplares atrevidos de un ocio usurpador y alternativo. Al poco tiempo de reanudar nuestra marcha nos encontramos una cierva muerta a un lado de la vía, con un agujero de bala en su lomo del que aún mana abundante sangre que se mezcla con el agua que corre por los canales laterales del camino.

      Llegamos por fin a Santa Quiteria en un tramo especialmente áspero y húmedo que nos embadurna definitivamente de un fino lodo negro. Es imposible continuar porque el último túnel que atisbamos está inundado completamente de agua y además no sabemos si tendrá salida hacia el Puerto de San Vicente. Volvemos ahora con la pendiente a favor y al llegar al cruce con El Campillo decidimos llamar al coche para que recojan a los más jóvenes del recorrido, Alvaro y Carlos que se han portado como jabatos y aguantado más de setenta kilómetros. Un error de orientación nos despista del objetivo de llegar hasta Sevilleja de la Jara, precisamente en ese cruce que ahora abandonamos y que nos hubiera situado a un paso de dicha población.

      La noche se nos viene encima y solamente la presencia del coche que acudió a recoger a los dos jóvenes ciclistas, nos permite rodear a través de la carretera la distancia de casi quince kilómetros que nos separa del Hostal Román, donde nos alojaríamos esa noche. El recorrido a la luz de los faros del coche desplazándose lentamente y con la escasa señalización nocturna de las bicicletas nos pone a merced de los impetuosos todoterreno de los cazadores que ahora se dirigen apresurados a dar por terminada su jornada y a valorar su botín que yace amontonado en una de las plazas del pueblo mientras los matarifes van despedazando las piezas en medio de un charco inmenso de sangre y vísceras.

      La noche cada vez más negra dará paso a una mañana luminosa que nos devolvió la satisfacción de la meta lograda de recorrer la Vía Verde la Jara que ya forma parte de nuestra memoria.

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