Equipos de Aficionados

Equipo del Boyman una de sus últimas temporadas con ese nombre. Arriba I-D: Fleitas, A. Matilla, Corrales, Monge, Díaz y Reguillo "El Base". Abajo I-D: Exoristo, Paco Molina, López-Pintor, Justo y Luis Ligero.
Equipo de la A.C. Abrego. Arriba I-D: Juan Barrilero, Gabriel, Sánchez, Eulogio, Pinto y Luis. Abajo I-D: Escudero, Justo, Garrido, Angel y A. Carretero.
Homenaje a Reguillo en Septiembre de 1994. Justo y Juan le entregan, como capitanes de ambos equipos, un trofeo de recuerdo.
Justo y Luis Miguel en un partido de veteranos frente a Criptana en el Campo Municipal de Alcázar en Septiembre de 1998.
      Una vez acabados los estudios y con plaza de maestro en Herencia, después de un paréntesis amplio y desaprovechado, tanto durante mi estancia en San Carlos del Valle como en el Servicio Militar en Albacete, llegó la persona que me ayudó a retornar a la práctica competitiva y superar un periodo de abandono físico, con un considerable aumento de peso y una baja forma inicial que me costó largamente reconducir. Esta persona fue Juan Antonio Reguillo. El “base”, como le gustaban llamar el resto de compañeros que formaban el Boyman, un equipo patrocinado de algún modo por Antonio Cano, propietario de la tienda de ropa del mismo nombre y jugador en el mismo como defensa izquierdo. En esa primera etapa compartí alineación con algunos históricos como José Luis Monge en la portería, Alfonso Martinez en el centro de la defensa, Alejandro Matilla, Paco Ligero, Mariano Dominguez, José Luis Herreros, Manolo “El Fonta”…

      El equipo se fue renovando y poco a poco fueron llegando otros compañeros más cercanos a mi edad, tales como el portero “Fleitas”, Corrales, Exoristo, Paco, López-Pintor, Luis Ligero, Manolo Escribano, etc.

      Además de la peculiaridad de su líder, Reguillo, el equipo utilizó una equipación que se hizo célebre tanto por su diseño como por el tiempo que se mantuvo en activo. Eran unas camisetas azules con unas franjas verticales roja y blanca en su lateral derecho. Estas equipaciones las alternábamos con otras que eran auténticas reliquias que Reguillo conservaba en su particular almacén. Eran unas camisas abotonadas, con franjas blancas y azules, como las utilizadas por los equipos en los años cincuenta y que aún dieron su juego veinticinco años después.

      La aparición de la A. C. Ábrego, a comienzos de los años ochenta, nos permitió una reconversión del equipo para, al menos, dotarlo de nuevos uniformes y la posibilidad de financiar las fianzas e inscripciones que demandaban las competiciones locales.

      El fútbol aficionado local estaba viviendo su etapa final, dado que cada vez resultaba más complicado juntar a once jugadores y algún suplente para poder disputar los partidos teniendo en cuenta que sólo se disponía del campo llamado “B” de arena, puesto que el campo principal estaba reservado de manera obsesiva para los partidos del Gimnástico y resultaba intocable. De este modo la frecuencia de competición se fue haciendo tan intermitente y espaciada que no se podía mantener el ritmo adecuado. A pesar de ello, eran numerosos los equipos que estábamos en competición. Recuerdo entre otros al Renfe, Uralita, Club 2000, Macosa, Black-Band, Betis,…

      Con el Ábrego ya muy renovado en cuanto a sus componentes, el principal trofeo que conseguimos fue el patrocinado por la Empresa Macosa a escasos años de su desaparición como tal. Se disputó por eliminatorias y en la final nos enfrentamos al propio equipo de los antiguos Devis en el campo “A”, es decir, sobre el césped, que tanto habíamos criticado por ser uno de los causantes de la escasa participación de los practicantes de la localidad, sometido a la prioridad de uso de las necesidades de los equipos federados y con el beneplácito de las autoridades responsables.

      Por esta época comenzaron a formarse los primeros equipos de fútbol sala que disputaron partidos organizados. Al principio no existía una competición regular, pero la facilidad para juntar a los cinco necesarios, la mayor abundancia de pistas para disputar los encuentros y la menor exigencia de esfuerzos, dadas las dimensiones del terreno de juego, permitieron que la participación fuera aumentando considerablemente.

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