Artículos año 2022 VALLE DEL JERTE Y LA VERA

SÁBADO 26 DE FEBRERO DE 2022

Coria era el único eslabón omitido en la última salida ciclista con el ICC por tierras extremeñas. No defraudó mis expectativas de ciudad pintoresca que abrió el periplo del puente carnavalero tras la sequía viajera obligada por el coronavirus.

Dejando atrás el desvío de Plasencia sin salir de la A-5 prolongada por esta remozada vía autonómica aumentamos en treinta kms. más en dirección a Portugal para conocer esta localidad asociada indefectiblemente a los encierros taurinos. Así lo atestigua ese peculiar toro metálico que preside uno de los rincones urbanos de la Plaza Mayor, ahora desprovista de barreras y callejones, paralizados por la pandemia y fuera de fechas pues los festejos tienen lugar en honor de San Juan a finales del mes de junio.

Pero no de menor interés resulta la visita a su espléndida catedral cuyo retablo mayor es de una imponente majestuosidad sin que el coro de madera tallada y su facistol, además de su órgano, desmerezcan del conjunto. Embelesados por el fondo musical gregoriano que ambientaba la estancia, el silencio de los escasos visitantes y la hora algo intempestiva ya para la visita, ésta se convirtió en un remanso de reposo grato antes de dar paso al refrigerio que nos esperaba a escasos metros en el comedor del Palacio del Duque de Alba. Tres parejas de mayores, que esperamos pacientemente el turno para iniciar la comida, nos comunicamos silenciosamente en un clima de escasa discreción para las conversaciones íntimas y de tensa observación del movimiento del resto de comensales.

Finalizado el trámite, cuyo colofón de postre fue una serradura portuguesa, quizá para recordar la cercanía con el país vecino, que resultó empalagosamente dulce, nos dirigimos a la espalda del templo catedralicio para contemplar el balcón natural que se proyecta hacia la vega del río Alagón cuyas aguas no se divisan pero se adivinan bajo el puente por el que transitan.

Nos esperaba Plasencia como parte central de la jornada y puerta del valle que tanto interés teníamos en recorrer. El parking disuasorio a la entrada de la ciudad nos predispuso a iniciar el recorrido salvando las aglomeraciones que los grupos de máscaras protagonizaban en un ambiente de carnaval que con tanto deseo parece que despertó en amplios sectores de gente.

Como a veces suele ocurrir, los recuerdos de lugares, monumentos y calles no siempre se tienen con la misma apreciación cuando se cambia de perspectiva, se deja pasar el tiempo o se recorren con diferentes personas y estados de ánimo. Esta misma sensación me invadió al contemplar la catedral y su entorno.

De transición del románico al gótico, la denominada Catedral Vieja tiene en su exterior una bella portada románica de arco de medio punto con hermosas arquivoltas y escena incompleta de la Anunciación de la virgen en la hornacina superior del frontispicio.

La catedral nueva tiene dos impresionantes fachadas renacentistas de estilo plateresco. La principal, obra de Juan de Álava, quien la terminó en 1558, y la del Enlosado, fechada entre 1538 y 1548, que es obra atribuible a Diego de Siloé. En el interior, con tres naves y un crucero cubierto de bóveda de crucería, destacan en su nave central el Retablo Mayor, obra del siglo XVII, con lienzos de Mateo Gallardo, Luis Fernández y Ricci; y esculturas de Gregorio Fernández, donde destaca la imagen en madera del siglo XIII de la Virgen del Sagrario. Llama especialmente la atención el Coro, uno de los más bellos de España, obra de Rodrigo Alemán en estilo gótico flamígero con escenas bíblicas y de animales. Sobresalen los sitiales del Obispo y los Reyes Católicos.

El atractivo complejo monumental de su casco histórico se completa con importantes palacios como la Casa de las Dos Torres o el del Marqués de Mirabel. Algunos recientes, otros de lejanas épocas. También recorrimos su espléndida Plaza Mayor que le confiere un carácter de peculiar encanto a su centro urbano.

Finalizamos la visita con un paseo por los alrededores del Parador que se ubica en el convento de Santo Domingo, construido en el siglo XV. Gruesos muros de piedra, techos abovedados y una cuidada decoración esperan en su interior de estilo gótico. Como el cansancio iba haciendo mella en nuestros cuerpos aprovechamos uno de sus pasillos que rodean al claustro interior para acomodarnos en dos magníficos sillones de época pero cómodos y confortables para reposar un rato. Después, en una terraza cercana, tomamos unas cervezas para reponer líquido y contemplar la cada vez más abundante presencia de personas que vuelven a llenar calles y plazas con menos temor a los contagios pandémicos.

Llegó el momento de adentrarnos en el objetivo principal de nuestro viaje y situarnos en el punto de referencia para nuestros posteriores movimientos. Tomamos la sinuosa carretera que acompaña el curso del río Jerte hasta llegar a un punto situado entre las poblaciones de Cabezuela del Valle y Jerte. Se trata del Hotel Los Arenales, al lado de unas chozas turísticas rurales del mismo nombre. Su emplazamiento es privilegiado pues se encuentra frente al centro de interpretación de la zona y donde se inician los senderos y pistas que conducen a algunos de los puntos de mayor atractivos para ser visitados. El hotel es sencillo pero ofrece los suficientes servicios básicos para completar una estancia agradable.

DOMINGO 27 DE FEBRERO DE 2022

Amaneció una mañana fría pero luminosa y soleada que permitía ver la imponente Sierra de Tormantos frente a nuestras ventanas e imaginar lo que nos esperaba si nos adentrábamos en ella para recorrer parte de la llamada Garganta de los Infiernos como zona natural protegida por sus diversos valores ecológicos.

Aconsejados por la recepcionista del hotel que nos sirvió de guía inicial, y tras dar cuenta de un notable desayuno para acumular calorías, nos dirigimos al Centro de Interpretación del Valle del Jerte situado a unos doscientos metros de nuestro alojamiento. Como muchas de las instalaciones de este tipo, reúnen en dos salas contiguas numerosos montajes audiovisuales en los que de forma ordenada se exponen los principales recursos del medio, especialmente en lo referente a su flora, fauna y formaciones geológicas para que los visitantes nos hagamos una idea precisa de lo que nos vamos a encontrar aún sabiendo que muchas de esas especies, sobre todo las animales, suelen desaparecer de la vista ante la presencia de humanos. Son también impactantes los sonidos tomados de la fauna autóctona que se reproducen con un nivel de calidad cercano al presencial.

Visto lo cual emprendimos el recorrido hacia uno de los parajes más pintorescos y cercanos para acceder en una jornada de mañana, teniendo en cuenta que la distancia prevista se aproximaba a dos horas de caminata entre la ida y la vuelta. El sendero que conduce hasta Los Pilones está señalizado con códigos senderistas y acondicionado mediante maderas, clavos y otros elementos que suavizan o facilitan su recorrido.

Lo que más nos llamó la atención fue la creciente caravana de personas que se fueron incorporando a lo largo del mismo. Familias enteras, algunas acompañadas con sus animales de compañía, así como parejas y otras en solitario fueron apareciendo a ratos. La llegada a Los Pilones en su zona más accesible nos pareció algo similar a las grandes concentraciones romeras o de algunos de los caminos místicos que tanto proliferan en nuestro país.

Mención especial merecen las marmitas gigantes, que son grandes pozas excavadas en la roca por la erosión fluvial, destacando las que existen en este paraje conocido como Los Pilones. En la Garganta de los Infiernos, debido a la variación altitudinal que oscila entre los 600 y 2.000 metros, encontramos una diversa vegetación y fauna que sería prolijo enumerar en este relato descriptivo pero que se encuentra pormenorizado y abundante en cualquier guía turística de la zona.

La subida y posterior descenso por la alternativa que ofrecen las pistas forestales para vehículos todoterreno y marchas a caballo nos permitió acercarnos a contemplar la llamada Chorrera o Manto de la Virgen, una cascada de agua que ahora se encuentra en un momento bajo debido a la persistente sequía que nos asola.

Retornamos al coche para dirigirnos a conocer la localidad de Jerte y comer en la misma después del intenso ejercicio que acabábamos de llevar a cabo y que dejaría secuelas de molestias musculares en las piernas no acostumbradas a ciertos movimientos. Tras pasar por el centro de la población y ver la saturación de gente en sus terrazas, tuvimos la fortuna de atisbar el restaurante Napoleón a la salida, que cumplió con creces nuestro deseo de comer en un local cubierto, amplio, poco ruidoso al inicio y con una carta de menú casera y sencilla que ofrecía productos de la tierra a unos precios muy asequibles.

Como en todos los pueblos atravesados por ríos en su espina capital, Jerte goza de una riqueza urbana añadida con sus parques a pie del río, sus puentes y sus rincones de especial encanto paisajístico. La localidad se organiza urbanísticamente mediante dos largas calles, Coronel Golfín y la carretera, que evidencian un recorrido longitudinal en torno al viejo camino que remonta el valle. Arquitectura popular entramada que aún puede admirarse entre sus callejas. Casas blasonadas con paramentos de cantería en el Barrio de los Bueyes, que sobrevivió al saqueo perpetrado durante la Guerra de la Independencia, 1809, por las tropas francesas del general Soult. En la calle Ramón Cepeda se ven edificios notables, de nobles sillares, arco de medio punto y escudo con orla, cuando no algún que otro dintel donde está inscrita la fecha de construcción, en el siglo XVIII.



La Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción es el monumento más representativo. Edificio de mampostería con refuerzos de sillería en esquinas y soportales. La mayor parte de su fábrica corresponde al siglo XVIII, aunque cuenta con elementos anteriores a esa fecha. A unos pocos metros se alza la torre, de aires defensivos, otra medieval como sugiere su arco apuntado. Adosada al muro de la torre, vierte los caños una fuente pública con un ancho pilón en el que abrevan las caballerías.

También en Jerte se encuentra un peculiar hotel y Spa, “Aura del Jerte” escondido entre sus callejas pero que ofrece un misterio de aislado recogimiento ideal para perderse o alejarse del mundanal ruido.

Finalizado el recorrido volvimos en dirección a Cabezuela del Valle a escasos cinco kilómetros del anterior, no sin antes detenernos en un curioso negocio situado al pie de la carretera. Se trata de la tienda de alabastros de Eva, hija de Evaristo, un maestro de la escultura ya fallecido, especialmente con este material pero que expone otros trabajos en madera no menos valiosos e interesantes como la propia puerta de acceso al comercio. Eva nos atendió amablemente, nos enseñó un pupitre de época que es una maravilla de diseño, acabado y conservación y, además, me permitió adquirir una pequeña escultura en alabastro de una de las escenas más reconocibles y bellas de la novela del Lazarillo de Tormes en la que explica cómo trataba de beber el vino engañando al ciego. Desde ahora preside uno de nuestros rincones hogareños.

Ya en Cabezuela intentamos visitar por recomendación de Eva su Museo Escolar pero al ser domingo permanecía cerrado, al igual que lo estaba la iglesia de San Miguel Arcángel. Tampoco nos dieron pista de Pedro Palacios, un antiguo compañero de docencia en Herencia, natural y residente en esta población, al que no he vuelto a ver desde los años 1976 o 1977.

Al menos si pudimos tomar sendos cafés acompañados de un suculento bizcocho que ayudó a reponernos y a descansar después de esta nueva caminata por ambas poblaciones que se sumaba al ejercicio senderista matutino. Ese prolongado descanso obligado lo continuamos ya en la terraza de nuestro hotel al aire libre porque la noche lo permitía, antes de dar paso a una cena con desigual suerte porque tras una buena ensaladilla rusa (ya sabíamos que el conflicto de Ucrania había estallado) tomamos un entrecot que dejó mucho que desear. Pero la suerte estaba echada y el cuerpo nos pedía descansar.

LUNES 28 DE FEBRERO DE 2022

Decidimos regresar para casa pero retornando hasta las cercanías de Plasencia y en vez de seguir por la A- 5 hacerlo recorriendo nuevamente La Vera. Siempre es un aliciente rodearse de una ruta tan pródiga en vegetación, gargantas naturales de agua horadando la roca granítica y el paso por esa sucesión de poblaciones que comparten el mismo apellido que nombra a este espectacular valle.

En Jaraíz de la Vera hicimos la primera parada con intención de comparar algunos de sus productos más característicos como el afamado pimentón, quesos extremeños y algún embutido típico de la comarca. Pasamos sin detenernos por Cuacos de Yuste con el recuerdo a la vista de su cementerio militar alemán y el monasterio en el que reposa Carlos I como atractivos ya conocidos. Más interesados por hacer parada en Jarandilla, para revivir las piedras de su Castillo de los Condes de Oropesa convertido en Parador de Turismo y tomamos café en un parque cercano a espaldas del busto tallado de Doña Soledad Vega Ortiz, mujer nacida en la más absoluta pobreza y que hoy es venerada como ejemplo de ayuda y amor a los demás según reza una leyenda adosada a la capilla donde yacen sus restos.

La última parada del recorrido por el valle la hicimos en Villanueva de la Vera en donde se celebraba la fiesta del Peropalo que ya conocíamos de otro viaje anterior. El ambiente de su plaza y sus angostas callejuelas denotaban que la pandemia va quedando atrás, al menos en los deseos y actitud de la gente. Nosotros mantuvimos una distancia de prudente lejanía de cualquier atisbo de aglomeración y evitamos mezclarnos con las demostraciones gastronómicas que se apuntaban en algunos lugares de ocio.

Finalmente llegamos hasta Candeleda, ya en el Valle del Tiétar, para buscar un lugar donde comer. Con el revés de encontrar cerrado Los Castañuelos, de cuya calidad y buen hacer ya teníamos experiencia, nos recomendaron un par de sitios que también estaban al completo, por lo que decidimos sentarnos en la terraza del bar La Mira para dar cuenta de unas típicas revolconas y unas chuletillas de cabrito con las que cumplir el necesario trámite culinario que no tuvo nada de especial.

Regresamos acortando el valle en perpendicular al curso del río Tiétar, al que cruzamos por sendos puentes, para llegar hasta Oropesa para enlazar con la A-5 no sin antes tomar un café en su espléndido Castillo Parador y recorrer brevemente las iglesias monumentales que rodean al mismo, aunque por su exterior por permanecer cerradas a esas horas. Conjunto que no dejó de sorprendernos al no recordar mucho de ocasiones anteriores. Finalmente regresamos a nuestro punto de partida sin ningún contratiempo ni incidente que empañara estas viajeras jornadas.



Justo López Carreño

Marzo de 2022

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