Artículos año 2019 DOS MUSEOS Y UN LIBRO


Qué mejor inicio de este nuevo año cultural que visitando el mayor templo de arte de España como es, sin lugar a dudas, el Museo del Prado de Madrid, que ahora cumple sus doscientos años de existencia.

Y para iniciar la jornada, nada mejor que tomar el tren, como medio de desplazamiento, para alcanzar la capital de modo rápido, seguro y cómodo, además de conectar con una de las tradiciones que los alcazareños de mi generación hemos vivido como propias durante muchos años.

En el ambiente viajero, ahora más impersonal que nunca, por el aislamiento que provocan todos los dispositivos comunicativos, flotaba la situación del Caso Yulen, aún sin resolver en esa fecha. A la llegada a las inmediaciones de Atocha, el grato encuentro con mis familiares madrileños, Mari y Jesús, con los que concerté programa y acompañamiento y ellos me ofrecieron alojamiento, entradas y compañía.

Antes de iniciar la primera de las visitas, tomamos un café en uno de los establecimientos clásicos del Paseo de Recoletos. Uno de esos ritos que no deberían perderse nunca por sus connotaciones sensitivas, cuando la ciudad lleva escasas horas despertando.

A continuación, entramos en la zona cero de la galería por la Puerta de los Jerónimos, espacio que yo aún no había visitado y que me sorprendió desde el primer momento al valorar el reto acometido por el arquitecto Moneo para conjugar clasicismo y modernidad.

El proyecto de Moneo enlaza el antiguo edificio de Villanueva con el claustro restaurado de los Jerónimos -en torno al cual se levanta un edifico de nueva planta- por medio de una construcción que aloja un amplio vestíbulo al que se abren dos nuevos accesos al Museo y donde se sitúan los principales servicios de atención al visitante, así como la librería y la cafetería.



Obsequiados para el pase por una amiga de Mari, siempre sagaz para este tipo de gestiones, y con las audioguías para ilustrarnos sobre el recorrido, decidimos iniciarlo por la exposición temporal conmemorativa del bicentenario. Como se dice en la guía, “se trata de un paseo cronológico por su trayectoria y por el desarrollo de su relación con la sociedad, organizado por etapas. El Prado es uno de los lugares de memoria más importantes del país que revela su capacidad probada para generar pensamiento sobre nosotros mismos, como individuos y como parte de una colectividad”.



Fueron numerosas las muestras observadas, algunas como reproducciones de las originales y, en general, un buen aperitivo que condensa lo más significativo de la historia del lugar. Ya con este paseo hubiera merecido la pena la visita. Sin embargo, y después de tantos años sin pisar sus salas, era obligado recorrer algunas de las más emblemáticas. Subimos a la 2ª planta y allí fuimos recorriendo lo más granado de Velázquez -la contemplación de las Meninas es todo un espectáculo social-, Goya, El Greco, Rubens, Zurbarán, Tiziano, Tintoretto, Tiépolo, Maino, Rembrandt, … Creo que la contemplación somera de las consideradas “obras maestras”, ya supone un ejercicio no solo selectivo, sino abrumador para tan escaso tiempo, pues agotamos casi tres horas de incesante actividad.

Necesitábamos una pausa y nada mejor que tomar unos vinos para brindar por el encuentro y por la satisfactoria visita que empezaba a fermentar en la memoria inmediata. Nos dirigimos a la Casa de América y dimos cumplimiento al brindis.

Para no perder esa inmersión cultural, que el corazón de Madrid ofrece a sus visitantes, qué mejor lugar para la comida que el Café Gijón, todo un clásico de las tertulias literarias y artísticas, cuyas paredes podrían desvelar multitud de jugosas conversaciones, como jugoso nos resultó el cocido madrileño que elegimos para disfrutar del menú del día en tan singular establecimiento.

Así dimos por finalizada la primera parte de la jornada, con la intención de tomar un café en otro ambiente y de recorrer a pie la distancia que nos separaba del parque del Retiro, objeto de nuestra segunda actividad prevista. En ese paseo por tan castizos lugares, Jesús tuvo la buena idea de recordarme que a la vuelta del Ayuntamiento de Madrid, en el Palacio de Cibeles, se encuentra, esquina a la calle Valenzuela, el Instituto de Estudios Bursátiles, pero para mí, era la ocasión de conocer dónde estuvo ubicado el Frontón Fiesta Alegre, sede durante un importante periodo de tiempo de la cancha de juego del Real Madrid de baloncesto y de las oficinas del Club.

Continuamos el periplo de forma pausada por estos céntricos lugares camino del Retiro. Al paso por la Casa Árabe en Madrid, una breve visita, más guiados por la curiosidad que por la oferta de sugerencias que se daban. Ni siquiera hubo consenso para un café, que sí tomamos en otro lugar insólito, con carta de novedosas tartas y variedades de té y café. Especialmente nos vino bien para descansar del paseo en un lugar cómodo y tranquilo y hacer hora para el siguiente evento.

La jornada se iba a completar con la asistencia a la presentación del libro de cuentos “Las horas equivocadas”, de mi excompañero Santiago Casero González, en el marco de lo que fue la antigua Casa de Fieras, hoy convertida en un centro cultural dotado de la biblioteca “Eugenio Trías”. Llegamos con el tiempo justo para saludarle antes del inicio y, después, para asisitir a la presentación y tertulia entablada por el escritor Emilio Gavilanes y el propio editor de la obra, Eduardo Sanz, uno de los responsables de la Editorial La Discreta.

Esta presentación fue el motivo desencadenante para fijar la fecha y el programa de la salida, por lo que se puede decir que fue la actividad motora de lo acaecido. No me defraudó. La charla me resultó amena y esclarecedora, avivando mi deseo de iniciar cuanto antes la lectura del libro, que me despertó el interés y la amenidad lectora. Así se lo comuniqué posteriormente a Santiago.

Completamos la noche cenando frugalmente en un agradable local próximo a la zona, antes de tomar el autobús que nos trasladara finalmente hasta Moratalaz, en cuya calle del Arroyo Fontarrón tienen mis primos su hogar que, hospitalariamente, como siempre, pusieron a mi disposición para residir hasta el día siguiente.

No terminó ahí la salida. Aprovechando que el tren de regreso no salía hasta pasado el mediodía siguiente, acompañado amablemente por Jesús, nos dirigimos hacia Atocha, en cuyas inmediaciones se encuentra el Museo Nacional de Antropología, de cuya existencia era conocedor pero sin que hasta el momento lo hubiera visitado.

Tuvimos la oportunidad de ver una interesante exposición itinerante de la aventura fotográfica de Fernando Ezquerro titulada “La morada de las nieves. Viaje por los siete reinos del Himalaya”, cuyo centro es una descripción de Ladakh, un frío desierto de altura ajeno a las fuertes lluvias monzónicas y cuya capital, Leh, era paso obligado de las rutas comerciales que cruzaban el reino entre el Punjab indio y Asia central.

Posteriormente recorrimos las tres plantas y diversas salas dedicadas a los aspectos más relevantes de las distintas culturas humanas de cada uno de los continentes, con numerosas piezas de objetos que muestran la diversidad y la relación de las personas con las actividades más básicas de la existencia. Al igual que en el Prado, nos cruzamos con grupos de escolares que, disciplinadamente, seguían las explicaciones de las guías y de sus maestras.

Aún tuvimos tiempo de tomar un café de despedida en La Gloria, una antigua tasca situada en el Paseo de la Infanta Isabel, cuyas instalaciones han quedado obsoletas y ancladas en el año 1982, cuando recibió un premio por la elaboración de sus tapas.

No hubo tiempo para más, pero no fue poco. Cerré el ciclo con la apresurada llegada al andén en el que se encontraba ya estacionado el tren Altaria que, camino de Murcia y Cartagena, me dejaría en Alcázar de San juan, a donde llegué en torno a las dos de la tarde agradecido y satisfecho.

Justo López Carreño

Febrero de 2019

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